Por Wilfred Trujillo Trujillo, diputado Asamblea del Huila
El campo huilense vive una paradoja silenciosa. Mientras el país avanza hacia la digitalización de la producción agropecuaria, en muchos territorios seguimos discutiendo el desarrollo rural con herramientas del siglo pasado. Esta reflexión surge al revisar dos elementos que deberían dialogar entre sí: por un lado, el marco institucional de la Secretaría de Agricultura y Minería del departamento y, por otro, las oportunidades que hoy abre el Gobierno Nacional para modernizar el agro a través de tecnología.
Si revisamos la misión de la Secretaría de Agricultura y Minería del Huila, encontramos un propósito claro: promover el desarrollo agropecuario, agroindustrial y forestal con criterios de competitividad, sostenibilidad y transformación económica del campo. Asimismo, dentro de sus objetivos se plantea la modernización del sector productivo, el fortalecimiento de las cadenas agroalimentarias y el impulso de procesos creativos e innovadores que incorporen tecnología para mejorar la productividad.
En el papel, el diagnóstico parece correcto. Incluso dentro de sus funciones se habla de formular estrategias de innovación y gestión tecnológica para aumentar la productividad del sector agropecuario. Es decir, la institucionalidad reconoce que el futuro del campo no puede depender únicamente de la asistencia técnica tradicional o del aumento de la frontera agrícola, sino de la capacidad de integrar conocimiento, tecnología y valor agregado a la producción rural.
Sin embargo, cuando pasamos del discurso institucional a la realidad de las oportunidades nacionales, aparecen preguntas incómodas.
Recientemente el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones impulsó la convocatoria Agrotech, una iniciativa diseñada para acelerar la transformación digital del agro colombiano. El programa busca integrar herramientas tecnológicas como sensores, plataformas de monitoreo, analítica de datos y soluciones digitales que permitan a los productores mejorar la productividad, optimizar el uso del agua, anticipar enfermedades en cultivos y tomar decisiones más inteligentes en la producción.
En otras palabras, Agrotech representa lo que el mundo ya está haciendo: convertir la agricultura en una actividad basada en datos, conocimiento y tecnología.
Pero aquí surge el problema: el departamento del Huila no quedo seleccionado para que nuestro productores o campesinos puedan presentarse en esa convocatoria.
Este hecho, que podría parecer menor, en realidad revela un problema estructural mucho más profundo. Cuando un territorio con vocación agropecuaria como el Huila no logra articularse con programas nacionales de innovación, lo que se evidencia no es simplemente la pérdida de una convocatoria. Lo que se pone en evidencia es una debilidad institucional en tres niveles.
El primero es la falta de articulación institucional. Si las secretarías departamentales, las universidades, los gremios y los productores no trabajan coordinadamente para identificar oportunidades y preparar proyectos competitivos, el territorio inevitablemente queda por fuera de las grandes apuestas de modernización.
El segundo problema es la baja proyección del departamento frente a programas nacionales. En un país donde los recursos para innovación rural son limitados, los territorios que logran acceder a ellos son aquellos que construyen ecosistemas de innovación: alianzas entre academia, sector público, sector privado y productores. Si no existe esa capacidad de articulación, el resultado es simple: otros departamentos avanzan y nosotros nos quedamos viendo el tren pasar.
Y el tercer problema es quizás el más preocupante: la ausencia de una estrategia clara que conecte tecnología con producción agrícola.
El Huila es una potencia agropecuaria. Es líder en café, fuerte en piscicultura, con crecimiento en cacao, frutas y cadenas agroindustriales. Pero esa fortaleza productiva no necesariamente se está conectando con la revolución tecnológica que hoy está transformando la agricultura en el mundo.
Mientras otros territorios están experimentando con agricultura de precisión, monitoreo satelital de cultivos, inteligencia artificial aplicada al agro o sistemas de riego inteligentes, en muchos de nuestros municipios todavía seguimos pensando el desarrollo rural únicamente desde la lógica de la asistencia técnica convencional.
Y aquí aparece una oportunidad que muchas veces no estamos viendo: la nueva generación rural.
Hoy en el campo huilense hay niños y jóvenes que crecieron con teléfonos inteligentes, y quizás con acceso a internet y con una relación mucho más natural con la tecnología. Muchos de ellos conocen plataformas digitales, manejan aplicaciones, entienden el lenguaje de los datos y tienen una visión distinta del mundo productivo.
Esa generación puede convertirse en el verdadero motor de transformación del agro.
Pero para que eso ocurra necesitamos cambiar la forma en que pensamos las políticas rurales. El futuro del campo no puede depender exclusivamente de subsidios o de programas tradicionales de asistencia. Necesitamos políticas públicas que conecten educación rural, innovación tecnológica, emprendimiento y producción agropecuaria.
Necesitamos jóvenes rurales que no solo sepan sembrar café, cacao o frutas, sino que también sepan analizar datos climáticos, utilizar sensores de humedad, manejar drones agrícolas o desarrollar plataformas digitales para comercializar sus productos.
El desafío no es menor, pero tampoco es imposible.
El Huila tiene una fuerte tradición agrícola. Si logramos articular con oportunidades en materia de transformación digital, el departamento podría convertirse en un referente de innovación agropecuaria en Colombia.
Pero para eso se necesita algo más que discursos sobre competitividad o innovación en los documentos institucionales. Se necesita liderazgo, articulación y visión de futuro.
Porque el verdadero debate sobre el campo huilense no es únicamente cuánto producimos, sino cómo vamos a producir en los próximos 20 o 30 años.
No podemos seguir preparando a las nuevas generaciones para labrar la tierra exactamente de la misma manera que lo hicieron nuestros abuelos y nuestros padres. El desafío de esta época es darles herramientas tecnológicas, conocimiento y oportunidades para transformar la producción primaria, hacerla más eficiente, más competitiva y más sostenible.