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Por Wilfred Trujillo Trujillo, diputado Asamblea del Huila

Hay momentos en Colombia en los que el país parece detenerse. No por crisis ni por coyunturas políticas, sino por algo mucho más profundo: la necesidad colectiva de hacer una pausa, de mirar hacia adentro, de reencontrarse con lo esencial. La Semana Santa es, quizás, uno de esos pocos espacios donde lo espiritual trasciende lo individual para convertirse en un fenómeno social, cultural y, cada vez más, económico.

En medio del ruido de la polarización y las urgencias del día a día, millones de colombianos se movilizan no solo por devoción, sino también por tradición, por identidad y por familia. La Semana Santa dejó de ser únicamente una práctica religiosa para convertirse en una experiencia que conecta territorios, activas economías y construye memoria colectiva. Y en ese escenario, el Huila tiene una oportunidad que aún no ha dimensionado del todo: consolidarse como un destino estratégico de turismo religioso en el país.

Porque aquí, en el corazón del sur colombiano, la fe no es un espectáculo importado. Es una tradición viva, arraigada en los municipios, en las calles, en las manos de quienes cargan imágenes, preparan altares o acompañan en silencio una procesión. Es una experiencia auténtica, sin artificios, que tiene el poder de emocionar, de conectar y de atraer.

El Huila no necesita inventarse una vocación religiosa. Ya la tiene.

Municipios como Garzón, conocido como la “capital diocesana”, se convierten durante la Semana Mayor en epicentros de peregrinación donde la solemnidad de las procesiones y la arquitectura de sus templos ofrecen una experiencia profundamente espiritual. En La Plata, la tradición se mezcla con la participación comunitaria, donde generaciones enteras se involucran en la organización de los actos litúrgicos.

Pero el Huila no se explica solo desde sus centros tradicionales. Hay territorios que, por su ubicación estratégica, están llamados a liderar una nueva etapa del turismo religioso. Es el caso de Pitalito, un municipio que más allá de su dinamismo económico, representa una verdadera plataforma logística para el sur del departamento. Durante la Semana Santa, su capacidad hotelera, su oferta gastronómica y su conectividad lo convierten en un eje natural para articular destinos como San Agustín e Isnos, configurando un corredor turístico con enorme potencial. Pitalito no solo recibe visitantes: puede organizar la experiencia.

Y si hablamos de espiritualidad profunda, de esa que no se promociona pero se siente, es imposible no detenerse en Nátaga. Este municipio, históricamente reconocido como destino de peregrinación, representa la esencia más pura del turismo religioso: la autenticidad. Allí, la fe no es un evento de temporada, es una práctica cotidiana. Nátaga tiene el valor que hoy buscan los viajeros: recogimiento, tradición viva y conexión real con lo espiritual, lejos del turismo masivo y cerca de la esencia.

A este mapa espiritual se suma San Agustín, donde lo religioso trasciende lo cristiano y se conecta con lo ancestral, especialmente a través del Parque Arqueológico de San Agustín. Allí, la reflexión sobre la vida, la muerte y lo trascendente adquiere otra dimensión, enriqueciendo la experiencia del visitante.

Incluso Neiva, como capital, tiene una oportunidad enorme de consolidar una oferta urbana de turismo religioso que complemente la experiencia rural y municipal, integrando tradición con modernidad.

La riqueza está ahí. El potencial es evidente. Lo que falta es visión. Porque más allá de la espiritualidad, la Semana Santa representa una de las temporadas más importantes para la economía de cualquier región con vocación turística. Cada visitante que llega al Huila no solo participa de una tradición: consume, se hospeda, se transporta, compra artesanías y dinamiza la economía local.

Hablamos de una cadena de valor que involucra a pequeños comerciantes, emprendedores, hoteles familiares, restaurantes tradicionales, transportadores y guías turísticos. En municipios intermedios y rurales, donde las oportunidades son limitadas, la Semana Santa puede representar un ingreso significativo que impacta directamente la calidad de vida de las comunidades.

El turismo religioso, bien gestionado, no es solo una actividad económica. Es una herramienta de desarrollo territorial. Pero también es una oportunidad para fortalecer algo aún más importante: la identidad.

En cada procesión hay memoria e historia. En cada recorrido hay generaciones que han transmitido, de padres a hijos, una tradición que no está escrita en los planes de desarrollo, pero que constituye el alma de nuestro territorio.

La Semana Santa en el Huila no se improvisa. Se hereda. Y en esa herencia hay un valor incalculable: el sentido de pertenencia. Esa capacidad de reconocernos en lo que somos, en nuestras costumbres, en nuestras formas de vivir la fe, pero también de compartirlas con otros.

Sin embargo, y aquí es donde la reflexión debe ser honesta, el departamento aún no logra capitalizar este potencial de manera estratégica.

La falta de infraestructura adecuada en algunos municipios limita la capacidad de recibir visitantes en condiciones óptimas. Las vías secundarias y terciarias siguen siendo una barrera para conectar destinos con alto valor turístico. La promoción del Huila como destino de turismo religioso es dispersa, poco articulada y, en muchos casos, débil a nivel nacional.

A esto se suma una fragmentación institucional evidente. Cada municipio hace esfuerzos aislados, sin una narrativa común, sin una estrategia regional que permita posicionar al Huila como un circuito integrado de experiencias religiosas y culturales.

Y hay un elemento que no se puede ignorar: la seguridad. La percepción de tranquilidad es clave para cualquier destino turístico. Sin ella, cualquier esfuerzo de promoción pierde impacto.

No se trata de desconocer lo que se ha hecho. Se trata de entender que no es suficiente.

Pasar de tener eventos religiosos valiosos a construir una oferta turística estructurada. De recibir visitantes ocasionales a atraer flujos constantes. De depender de la tradición a proyectarse como destino.

¿Y cómo se logra?

Primero, construyendo una Guía de Turismo Religioso del Huila, que integre municipios como Garzón, La Plata, Nátaga, Pitalito, San Agustín, Isnos y Neiva bajo una narrativa común que combine espiritualidad, cultura y territorio.

Segundo, apostándole a la promoción digital estratégica. Hoy los destinos se posicionan contando historias. El Huila tiene una narrativa poderosa: la fe como identidad. Solo necesita estructurarla, comunicarla y proyectarla con inteligencia.

Tercero, fortaleciendo las alianzas público-privadas. El turismo no es responsabilidad exclusiva del Estado. Requiere la participación activa de empresarios, comunidades y líderes locales. La articulación es la clave.

Cuarto, mejorando la experiencia del visitante. No basta con tener una procesión. Hay que diseñar el viaje completo: información, señalización, guías, oferta gastronómica, eventos complementarios. Cada detalle construye reputación.

Y quinto, entendiendo que el turismo religioso no compite con otros tipos de turismo. Se complementa. La Semana Santa puede ser la puerta de entrada para que un visitante regrese en otras temporadas y descubra la riqueza cultural, natural y gastronómica del departamento.

El reto es grande, pero la oportunidad lo es aún más.

Porque mientras otros territorios han logrado posicionarse históricamente como referentes de la Semana Santa, el Huila tiene la posibilidad de construir su propio lugar en el mapa. No copiando modelos, sino apostándole a su autenticidad.

La Semana Santa en el Huila no debería ser solo un momento en el calendario. Debería ser una estrategia de desarrollo.

Una oportunidad para creer en el territorio. Para invertir en él. Para proyectarlo. Pero, sobre todo, para entender que la fe también puede construir futuro.

Hoy el llamado es claro. A los líderes, para que piensen en grande y articulen esfuerzos.
A las instituciones, para que dejen de trabajar de manera aislada y construyan una visión conjunta. A los empresarios, para que vean en el turismo una oportunidad de crecimiento.
Y a los ciudadanos, para que valoren, cuiden y proyecten sus tradiciones.

El Huila no necesita más diagnósticos. Necesita decisión. Porque mientras otros territorios compiten por atraer visitantes con grandes inversiones, nosotros tenemos algo que no se compra: identidad, tradición y espiritualidad.

Y si somos capaces de entenderlo, de organizarlo y de proyectarlo, la Semana Santa dejará de ser solo una celebración para convertirse en una verdadera plataforma de desarrollo.

“La fe, al final, no solo mueve montañas. También puede mover al Huila hacia el futuro”.