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Por Felipe Narváez Galíndez*

 

Pasé dos días en el inmenso centro urbano de Pitalito, en el sector comprendido entre la calle Tercera Sur y la calle Segunda, gestionando reparaciones para mi auto. La experiencia fue reveladora: descubrí un ecosistema de mecánicos y técnicos que trabajaban de forma cooperativa. Mientras unos ajustaban el motor, otros, a pocos metros, se encargaban de la suspensión. Lo encontré todo.

 

Sin embargo, lo que definía el ambiente no era el sonido de las herramientas, sino la estridencia incesante de los silbatos de la policía de tránsito, hostigando a los mecánicos en sus espacios de trabajo. Estos talleres, que desbordan la línea entre lo público y lo privado, viven bajo el sonido del pito. La paranoia colectiva era palpable; yo mismo la sentí. Me invadió el temor de que, solo por estar allí, la policía pudiera quitarme el carro, como si recibir el servicio fuera un acto ilegal. La sensación era clara: debía salir rápido de ese lugar. El efecto evidente es el riesgo de espantar a la clientela, que acude desde lugares cercanos y lejanos necesitada del servicio.

 

Teresa, una amiga de mi madre, reside en ese sector. Su casa, que antes tenía un valor puramente doméstico, está ahora rodeada por la actividad de los talleres y ella suele quejarse del movimiento. En una visita reciente, le comenté: "Teresita, no se queje. Su casa ya no tiene solo valor doméstico, sino un alto valor comercial". El clúster de mecánicos ha valorizado su terreno. Como se dice popularmente en la región, es "pan de cuajada".

 

Lo que Pitalito ha generado orgánicamente es un fenómeno económico clásico. Este centro de negocios interconectados es exactamente lo que el economista Michael Porter (1998) define como un "clúster" o agrupación: una concentración geográfica de negocios y servicios que comparten rasgos comunes y son complementarios. Según Porter, estos clústeres aumentan la productividad, estimulan la innovación y promueven la creación de nuevos negocios.

 

Son sitios donde se desarrollan sinergias conjuntas de producción e intercambio de conocimiento, desde mercadeo de repuestos hasta técnicos expertos de toda índole, venidos de toda Colombia para trabajar en este clúster —el técnico que me tejió la cabrilla es de Tumaco; el que forró los asientos, de Bogotá—. Pitalito, por su ubicación estratégica en el sur de Colombia, se ha convertido en un centro neurálgico para la mecánica de motos, carros, buses y camiones. Es un sector súper dinámico que genera empleo, contribuye con impuestos y aporta valor a la economía de servicios local seguramente como ningún otro.

 

Pese a esta vitalidad económica, a los responsables de la política pública laboyana, tanto de ayer como de hoy, parece obsesionarles la idea de trasladar este espacio vital a otro lado. Lo hacen a sabiendas de que los primeros perdedores serían los mismos dueños de los predios que hoy gozan de ese valor comercial. El abandono de estos lugares podría generar un vacío urbano, facilitando el deterioro y la aparición de "ollas". Es un fenómeno de decadencia urbana documentado en otras ciudades tras intervenciones fallidas; basta recordar la trágica transformación del sector de "El Bronx" en Bogotá, que pasó de ser un área comercial a un símbolo de crisis social (Semana, 2016).

 

En este sector, donde la dinámica atrae clientes no solo de Pitalito sino de otros departamentos, se recrea el conocimiento, la cooperación y la generación de riqueza, en una danza perfecta de clientes, negocios y técnicos expertos para prestar un servicio. En lugar de hostigar a este sector, la alcaldía y sus instituciones deberían hacer todo lo contrario: diseñar un espacio urbano que facilite e impulse su productividad.

 

La justificación oficial de la Alcaldía de Pitalito es 'la recuperación del espacio público', un eufemismo que se apoya en un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) que sueña con calles despejadas y aceras limpias. Es aquí donde emerge la disfunción burocrática, en los términos que describió el sociólogo Robert K. Merton (1957): la norma se impone de modo irracional sobre el servicio público concreto. Ese plan, diseñado en un despacho, es ciego a la realidad. No ve el ecosistema posfordista que describe Giddens (2006), ni el valor comercial del 'pan de cuajada' que la misma Teresita ahora posee. La política del pito intenta imponer un orden estéril sobre una economía vibrante que solo pide que la dejen trabajar.

 

Esta situación revela una desconexión miope que impide encontrar un equilibrio armónico. Los hacedores de política parecen no ubicarse en el contexto de la globalización, que permite la movilidad espacial; estos clústeres son flexibles. Hoy están aquí, mañana podrían no estar en Pitalito. Requieren cuidado ("mimarlos") desde la política pública. Si se van, el espacio que hoy es un sitio rico en trabajo y cooperación empresarial, podría convertirse en la "olla" urbana que tanto temen las autoridades. Irónicamente, la habrían creado ellos mismos.

 

*Docente Universidad Surcolombiana.

 

Referencias
- Giddens, A. (2006). Sociología (5ª ed.).
- Merton, R. K. (1957). Teoría Social y Estructura Social (Rev. ed.). 
- Porter, M. E. (1998). On competition. Harvard Business School Press.
- Semana. (2016, 29 de mayo). El Bronx: el amanecer del infierno que se tomó el centro de Bogotá. Semana. https://www.semana.com/nacion/articulo/el-bronx-la-historia-de-como-nacio-el-infierno-en-bogota/475685/