Alfonso Vélez Jaramillo
Cualquier gobierno del mundo con un sistema democrático que respete la regla de oro del derecho del principio de legalidad, legitima su proceso dialogando con todos los sectores, esa es la base de la democracia.
Un presidente no gobierna solo a quienes votaron por él, nos representa a todos con los poderes públicos y el apoyo ciudadano, los ciudadanos estamos sometidos a la constitución y la ley.
Cuando no ocurra así, nacen las dictaduras y por consiguiente las inconformidades que muchas llevan a acudir a la sublevación de diferentes maneras.
Ojalá esto no lleguen a ocurrir en nuestro país, debemos desarmar espíritus, se debe conversar con todos los sectores de opinión, así se legitiman las gestiones de un gobierno responsable.
Una persona que haya ocupado la presidencia de la república, los expresidentes tienen experiencia para aportar no importa su origen político.
Los expresidentes representan figuras institucionales de consulta y peso histórico, aunque no ejerzan funciones de mando ni hagan parte de la rama ejecutiva en un gobierno.
Su rol varía entre la consejería de Estado, la oposición y el liderazgo de partidos políticos.
Los expresidentes, inclusive en momentos críticos, son fuentes de consulta y pueden participan en conversaciones de unidad nacional o comisiones asesoras por su experiencia de haber dirigido el país. Son faros que lideran colectividades políticas que disputan la agenda pública frente al gobierno de turno.
Sus opiniones generan ideas, así algunos no tengan la misma filiación política del gobernante o no sean tan inteligentes o diestros. Facilitan armonía o enfoques críticos que ayudan a tomar posiciones razonadas al gobernante democrático de turno.
Por cuya razón, no veo bien encaminado al electo presidente Abelardo, de gobernar sobrado, como si fuera autócrata, cuando ya no es candidato ni estamos en elecciones.
No invitar, aunque fuera por cortesía a un expresidente tensa la situación y desde arriba no están dando ejemplo de resiliencia, que es lo que necesitamos para conjurar la catastrófica y peligrosa polarización.
Salvo caso que, el nuevo presidente De La Espriella pretenda una situación muy cercana al desconcierto democrático, para gobernar sin pesos ni contrapesos, ni controles de algún tipo.