Los diseños y los trenzados en las cabelleras de las mujeres afrocolombianas representan un legado histórico que comunica prácticas de resistencia, identidad y sabiduría ancestral. Las damas que resaltan la herencia de la diáspora africana en Colombia transmiten un profundo significado cultural a través de las líneas y formas de sus peinados.
Al llegar a este punto, la profesora Martha Cecilia Mosquera Urrutia, (Bogotá, 14 de octubre de 1963), no pasa desapercibida -sobre todo- en los espacios académicos de la Universidad Surcolombiana en Neiva, donde se desempeña como jefe de programa de la Licenciatura en Matemáticas. “María Celsa Nicolasa, nuestra madre, nos enseñó a peinarnos y a sentirnos orgullosas de nuestras cabelleras afro. Súmale a lo dicho que, pese a que nos criamos en Bogotá, nuestro padre Juan Esteban Mosquera Ruíz (Istmina -Chocó-, 4 de enero de 1924 – Bogotá, 8 de enero de 2019), persistió en la herencia cultural de nuestro pueblo ancestral en el sentido de cómo deberíamos llevar el cabello los hombres y las mujeres de la familia”. El señor Mosquera había llegado a la capital del país en 1959 y estableció la peluquería ‘El Rincón Chocoano’ en el barrio Quirigua, en el occidente de la fría Bogotá.
Juan Esteban y María Celsa (Istmina, 5 de mayo de 1935 – Bogotá, 20 de mayo de 1994) contrajeron matrimonio católico en Istmina el 13 de julio de 1952. Aunque en nuestro imaginario nacional existe mitos con relación a la naturaleza sexual de la comunidad afro en el Pacífico y sus tradiciones en cuanto a bebidas potenciadoras y frutos exóticos, a la familia Mosquera Urrutia ‘no le cuajaba’ a pesar de tanto amor y esfuerzos para traer descendientes al seno del hogar. En vista de que el Borojó, el Chontaduro y el Viche no resolvieron el problema de los embarazos, “Papá y mamá salieron hacia Cali y luego a Bogotá, para que la ciencia médica les resolviera el tema de los encargos”. Fíjate profe -Me dice Martha Cecilia- “…que en este caso la familia no se desplazó por los impactos del extractivismo minero ni por asuntos educativos o laborales. Sencillo, ellos no podían tener familia”. Confieso que me pica la lengua para indagar más. Imagino que a usted también le interesa saber qué pasó.
Volvamos al corte

¡Faltaba más!, además de orgullosa de sus orígenes culturales, la profesora Martha Cecilia es muy ‘pinchada’ y detallista. “En las noches, antes de conciliar el sueño me gusta hacerme hasta 12 trencitas y moñitos en el cabello, luego me pongo un gorro hecho en satín o cubro mi cabeza con una malla. De esa manera cuidao mi cabellera del desgaste que provoca el roce con la almohada”. ¡Vaya rigidez!, profe querida. Es más -dice- “Con relación a los cuidados del cabello afro, para quienes tenemos el tipo cuatro (que es el más crespo, el más apretado), lo lavamos frecuentemente. Uso aceites que yo misma preparo”. A causa de que le pido un ejemplo del menjurje, enseguida se ocupa del asunto: “Al aceite de coco le agrego hojas de romero y lo guardo durante cuatro semanas en la sombra. Con la preparación natural masajeo mi cuero cabelludo y me peino cuando lo requiero”.
En Cali está José Yezid Ordóñez Ome (San Agustín -Huila-, 3 de abril de 1970). Es ingeniero civil y ha trabajado en proyectos de infraestructura física para bibliotecas comunitarias y centros culturales en la capital del Valle del Cauca. En Buenaventura, durante varios años, dirigió la Escuela Taller de Patrimonio Cultural, sin abandonar su profesión.
Cuando regresó a la ‘Sultana del Valle’, Ordóñez integró el equipo profesional que coordinó durante varios años la organización del Festival de Música del Pacífico ‘Petronio Álvarez’, que se realiza cada año en el mes de agosto para rendir homenaje al folclor, la gastronomía y los saberes ancestrales del Pacífico colombiano.
Con relación a los productos y bebidas tradicionales de la cultura afro en el litoral Pacífico colombiano, que integra los departamentos de Chocó, Valle del Cauca y Nariño, “En el ejercicio de asesoría y organización de las comunidades que participaban en el Festival, a manera de curaduría, trabajamos con las mujeres más conocedoras y protectoras de sus tradiciones. En consecuencia, reforzamos la inclusión de ciertas bebidas tradicionales en el encuentro cultural”. Yezid menciona las siguientes preparaciones: el ‘Viche’, un producto artesanal destilado, y la ‘Tomaseca’, usada ancestralmente como medicina para aliviar dolores menstruales y limpiar el organismo. Finalmente, el ‘Curado’, que consiste en un ‘Viche’ macerado con hierbas y raíces como el ‘Pipilongo’, utilizado para contrarrestar el frío, resolver el agotamiento físico y mejorar la fertilidad. Nada de bebidas que rayan en la vulgaridad, como el ‘Arrechón’, el ‘Tumbacatre’ y ‘Rompecalzones’, que nada tienen que ver con los saberes ancestrales.
Ideas profundas y cabellos largos
Ahora bien, en cuanto a peinados de las mujeres afrocolombianas, José Yezid comenta: “Deben interpretarse como mapas provistos de rutas, simbolismos y convenciones. En San Basilio de Palenque aprendí muchas cosas sobre la cultura afro. Por ejemplo, me contaron que entre los cabellos las africanas transportaban semillas de plantas”. Enseguida agrega la profesora Martha Cecilia: “Es el peinado ‘Cornrows’, venido de África. Tienen el propósito de conservar la humedad del cabello, mostrar la herencia étnica, dibujar mapas clandestinos y esconder semillas y comida”. La pedagoga asegura que el diseño demora mínimo una hora en la confección y la mujer puede conservar el peinado durante cinco semanas.
Al respecto de los diseños capilares, la profesora Martha menciona los siguientes: las ‘Drelas’, venidas de Oriente de África, de alta carga espiritual por estar asociadas a los ancestros y que se caracterizan por la larga extensión y su duración vitalicia. El ‘Twist senegalés’, define un patrón de rizo, ofrece versatilidad a los peinados porque es completamente flexible desde la raíz (a diferencia de la trenza de Namibia), el peinado demora entre cuatro a seis horas y dura entre uno y seis meses. La ‘Trenza encasillada’, de origen sudafricano, que se entreteje para evitar que el cabello se quiebre, acelerar el crecimiento y demostrar cierto estatus social, reflejado en la extensión de la trenza. El peinado demanda entre cuatro y ocho horas en el diseño y la mujer puede conservarlo durante tres meses.
Entre otros diseños de peinados, la académica Mosquera Urrutia menciona los ‘Nudos Bantú’, el ‘Faux locs’, y las ‘Trenzas fulani’ y ‘Ghana’.
Entre tijeras y tintes
Con Yezid hemos recordado a Luz Marina Ordóñez de Ome (San Agustín, 2 de agosto de 1946), quizás la primera mujer que instaló y atendió un salón de belleza en la ‘Capital Arqueológica de Colombia’. “Mamá, que había cursado el bachillerato, interna en el Colegio de La Presentación en el municipio de Garzón, asistió a cursos con un peluquero de nombre Luis, que vivía en Pitalito”. Luz Marina trabajaba, además, en la Caja Agraria de San Agustín y logró pensionarse luego de laborar como secretaria académica en los colegios ‘Laureano Gómez’ y Municipal de bachillerato nocturno.
Así pues, “Mi mamá fue la primera en hacer ‘las permanentes’ a las mujeres del pueblo, aburridas con sus cabellos lacios. Recuerdo que usaba unos palitos de madera cortos, envueltos en papel aluminio, para lograr cada crespo. Es más, en su salón de belleza se vendían los famosos productos Wella, importados”.
En el municipio de Garzón -centro de Huila-, “Nuestra madre Ana Beatriz Sánchez (Garzón, 20 de julio de 1934), estableció en 1952 el salón de belleza ‘La Estrella’, en la calle séptima con carrera octava. Allí trabajaba con sus hermanas: Mercedes y Lucía”, ha contado su hija Luz Marina Losada.
En la ‘Capital diocesana’ de Huila, las hermanas Amanda y María Ruth Motta, también se dedicaron -al menos durante 40 años- al cuidado de la belleza femenina, que incluía manicure y pedicure. Vivían en el barrio El Carmen y les acompañaba en el oficio su hermano Alirio. Además, “Gerardo Osorio dio al servicio ‘Gerard’s Peluquería’. De igual manera, una señora de nombre Gabriela creó la peluquería ‘Gaby’ y Aura Castaño de Carvajal instaló un centro de belleza frente al Parque Bolívar, atendido por cerca de 10 mujeres encargadas de resaltar la belleza femenina”, rememora el jurista y gestor cultural Amadeo González Triviño.
La tradición oral
He dialogado con Emilia Eneyda Valencia Murraín (Andagoya, 22 de febrero de 1960), fundadora de la Asociación de Mujeres Afrocolombianas y creadora del proyecto ‘Tejiendo esperanzas’. “Aprendimos sobre el cuidado de nuestros cabellos viendo a nuestras madres y a nuestras abuelas. Siempre lo lavamos con jabón azul, porque no existía el champú; nos íbamos a bañar al río Condoto”, me dice en Cali, en medio de sus afanes porque está organizando su intervención académica en el Congreso Continental de Estudios Afrolationamericanos. “Estoy dándole las últimas puntadas al tercer encuentro internacional de mujeres negras, guardianas de los territorios y de los saberes ancestrales con motivo del 25 de julio, porque conmemoramos el día de las niñas y las mujeres afrodescendientes”.
Emilia complementa, con relación al cuidado del cabello: “Para tratarlo, en el sentido que fuera manejable, sedoso y brillante, usábamos plantas como la ‘Suelda Consuelda’. Ahora bien, la corteza del Guácimo, la Escobilla, la Sábila, la Otoba y otras plantas otorgaban elementos naturales a nuestros cabellos”.
Mientras ‘coje el tinte’ que cubrirá las canas, aprovechemos el reguero de pinzas y ‘echemos rulo’, en tanto la señora barre y recoge los cabellos regados por el piso. Lo más seguro es que usted siga ‘embuchado’ a propósito del ‘chisme’ sobre la familia chocoana que aparece al comienzo de esta narración. De hecho, le cuento lo siguiente, para que ‘se desenculeque y ponga’: A Juan Esteban y María Celsa Nicolasa ‘les cuajó’ con el tiempo, gracias a la persistencia, la ciencia y la fe. El amor que se juraron hizo que nacieran: William Eduardo, Miryam Helena, Martha Cecilia, Harold Audiver y Luz Marina. “Nacimos uno detrás de otro. Cuando uno nacía era porque el otro venía empujando”, puntualiza Martha, a manera de comentario jocoso de identidad nacional.
En casa, mi esposa Martha Isabel está encantada con el aceite de pata de res que adquirimos en Andalucía (Valle del Cauca). Sobre todo, porque además de fortalecer el cuero cabelludo y disminuir la caída del cabello, “suaviza y realza la firmeza del busto, glúteos y piernas”. En cambio, a mi edad, cada vez que visito a mi familia en Cali, aprovecho para comprar gelatina negra de pata de res, no tanto como postre tradicional colombiano -casi a punto de batido que le daría una textura más suave y un color más claro-, sino porque es rico en el colágeno natural, que sirve para aliviar los dolores en estas coyunturas de prepensionado.