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Escrito por Wilfred Trujillo Trujillo*

 

Desde que recorro los municipios del Huila y converso con los jóvenes, hay algo que me preocupa profundamente; el distanciamiento que sigue existiendo entre la juventud y los espacios donde pueden decidir. Las pasadas elecciones de los Consejos Municipales de Juventud lo dejaron al descubierto. Un proceso pensado para que las nuevas generaciones participen activamente en la vida democrática terminó reflejando un vacío. De los más de 305.000 jóvenes habilitados para votar en el departamento, apenas alrededor de 41.000 acudieron a las urnas. Es decir, menos del 14%.

 

No se trata solo de una cifra. Se trata de un síntoma. En cada puesto de votación del Huila, el silencio fue más fuerte que la fila. En muchos municipios se repitió la misma escena, mesas vacías, votos escasos, y una pregunta que debería sacudirnos como sociedad, ¿por qué la baja participación?

 

Para entenderlo, vale la pena mirar con más detalle quiénes son esos jóvenes a los que estaban dirigidas las elecciones. Entre los 14 y los 17 años, hay una generación que está dando sus primeros pasos en la participación política. Son estudiantes de colegio, adolescentes que están definiendo su identidad ciudadana y su confianza en las instituciones. Muchos de ellos ni siquiera sabían que podían votar, o no entendían qué era un Consejo de Juventud ni qué se decidía allí. Para ellos, la política sigue siendo un tema lejano, abstracto, ajeno a su vida cotidiana.

 

Por otro lado, entre los 18 y los 28 años, está una generación distinta, jóvenes universitarios, trabajadores, madres y padres jóvenes, emprendedores, deportistas, líderes sociales. Ellos viven más de cerca las consecuencias de las decisiones públicas, el acceso a la educación superior, las oportunidades de empleo, la falta de espacios culturales, la seguridad, y sin embargo, muchos tampoco participaron. En su caso, el problema no es el desconocimiento, sino la desconfianza. Han visto pasar los años con promesas que no se cumplen, con programas que no llegan y con liderazgos que no los representan.

 

Y aquí surge la segunda pregunta que nos debemos hacer como departamento: ¿Realmente los jóvenes se sienten representados?

 

La respuesta, si somos sinceros, es no del todo. La juventud huilense ha sido reconocida por su talento, su capacidad de liderazgo, su creatividad y su impulso transformador. Pero a la hora de hablar de representación, muchos sienten que su voz se diluye entre los discursos y los formularios. Sienten que las decisiones se toman lejos de sus realidades, que los espacios creados para ellos no terminan de abrirles la puerta.

 

Los CMJ son, en esencia, un canal para revertir eso. Son la oportunidad de que los jóvenes tengan interlocución directa con las administraciones municipales, de que propongan, vigilen, construyan y exijan resultados. Pero esa oportunidad solo cobra sentido si ellos deciden ocuparla. En esta elección, lamentablemente, la mayoría decidió quedarse al margen.

 

En Neiva votaron cerca de 14.400 jóvenes, una cifra que, si bien es significativa frente a otros municipios, sigue siendo baja para una ciudad con más de 80.000 jóvenes habilitados. En todo el Huila se inscribieron 297 listas con 1.494 aspirantes, lo que demuestra que sí hay voluntad de liderazgo y compromiso. Pero esa voluntad necesita respaldo, y ese respaldo solo llega si los demás jóvenes se sienten convocados, si perciben que ese voto sirve, que tiene peso, que transforma.

 

El panorama nacional muestra una tendencia similar, los partidos tradicionales continúan dominando la representación juvenil. Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, de los 1.501.311 jóvenes que votaron (el 12% del total habilitado), los partidos y movimientos políticos concentraron el 53% de los votos válidos (780.440 sufragios), mientras que las listas independientes obtuvieron el 28% (411.950) y los procesos y prácticas organizativas juveniles el 18% (270.7

 

11). Dentro de ese bloque partidista, el Partido Liberal Colombiano sumó cerca de 147.000 votos, el Partido Conservador unos 98.000 y el Centro Democrático alrededor de 84.000, según reportes de prensa nacional. En conjunto, estas colectividades concentraron más de la mitad de los votos, lo que evidencia que la estructura tradicional sigue ocupando el espacio que muchos jóvenes aún no reclaman.

 

Pero la pregunta sigue siendo la misma, ¿por qué la juventud del Huila, siendo una de las más activas cultural y socialmente, no se movilizó en las urnas? Tal vez porque la política no está hablándoles en su idioma. Tal vez porque no sienten que los escuchen. Tal vez porque se cansaron de ver los mismos apellidos, los mismos métodos, las mismas promesas.

 

Y aquí hay una responsabilidad compartida. Las instituciones deben acercarse a la juventud con mensajes reales, no con actos protocolarios. Los colegios y universidades deben incorporar la educación cívica como una práctica viva, no como un tema de libro. Los medios de comunicación deben contar las historias de los jóvenes que sí participan, para inspirar a otros a hacerlo. Y los dirigentes debemos abrir espacios donde las decisiones se tomen con ellos y no solo para ellos.

Pero también hay una responsabilidad que empieza por los mismos jóvenes. La participación no puede limitarse a un día de votación, ni a una publicación en redes. Participar es involucrarse, informarse, proponer, liderar. Participar es entender que cada elección, por pequeña que parezca, define parte del rumbo de su comunidad. Si los jóvenes de 14 a 17 años comienzan a formarse en esa conciencia, y los de 18 a 28 la transforman en acción, el Huila puede convertirse en un ejemplo nacional de participación juvenil.

 

Lo que necesitamos no es más apatía, sino más oportunidades para que esa energía se convierta en decisiones. En el Huila hay jóvenes que han ganado reconocimientos por su innovación, por su liderazgo comunitario, por su trabajo en cultura y deporte. Cada uno de ellos demuestra que el cambio es posible cuando la juventud se siente parte. Pero ese cambio no puede depender solo de unos pocos; debe ser un movimiento colectivo, constante y consciente.

 

El DANE señala que los jóvenes representan cerca del 25% de la población colombiana. En el Huila, eso significa más de un cuarto del territorio. Una cifra que no puede seguir siendo pasiva. Si ese grupo masivo se moviliza, ninguna política pública podría hacerse sin contar con su voz. Pero si permanece en silencio, seguirá siendo un número en las estadísticas.

 

Por eso, más que criticar la baja participación, quiero invitar a mirar más allá. A que como sociedad entendamos que cuando la juventud se ausenta, el futuro se detiene. Que la política no es solo cosa de adultos, ni un asunto de elecciones cada cuatro años. La política empieza en la escuela, en la universidad, en el barrio, en la vereda. Empieza en cada conversación donde se piensa el territorio.

 

Hoy más que nunca necesitamos que las y los jóvenes del Huila asuman ese papel con convicción. Que tomen la palabra, que levanten la voz, que no dejen que otros decidan por ellos. Porque cuando la juventud se organiza, se informa y participa, el rumbo de un departamento puede cambiar por completo.

 

Como diputado del Huila, lo creo firmemente; la juventud no es el futuro, es el presente. Pero ese presente solo florece si los jóvenes lo reclaman como suyo. Que este resultado sirva para reflexionar, no para rendirse. Y que en las próximas elecciones, el eco que resuene en las urnas no sea el del silencio, sino el de una generación que por fin decidió hablar.

 

Porque si la juventud huilense levanta su voz, nada la detiene. Pero si la deja vacía, otros hablarán por ella. Y entonces, más que un silencio, lo que quedará será una oportunidad perdida.

 

*Diputado Asamblea del Huila