RADIO EN VIVO
00:00 / 00:00

Por Wilfred Trujillo Trujillo. 

Hasta hace poco, el café colombiano vivía uno de sus mejores momentos. Durante el primer semestre de 2025, los precios internos alcanzaron niveles históricos: entre $2.900.000 y $3.000.000 por carga, con picos como el de febrero, cuando una carga de 125 kg de pergamino seco se cotizó en $3.360.000. En la Bolsa de Nueva York, la libra de café superaba los US$3. Era, al fin, un respiro para miles de caficultores que venían de años difíciles. Pero esa bonanza no fue eterna. 

 

El primero de julio, el valor de referencia cayó a $2.328.000 por carga, una cifra que no se veía desde noviembre del año pasado. Ese mismo día, en Nueva York, la libra cerró en US$2,91, rompiendo el umbral simbólico de los tres dólares. En apenas veinte días, el precio retrocedió más de $550.000. Un golpe directo a la economía rural. 

 


Las razones detrás de esta caída son múltiples. A nivel global, grandes productores como Brasil y Vietnam han tenido buenas cosechas, ampliando la oferta y ejerciendo presión sobre los precios. En contraste, regiones como Colombia han sufrido afectaciones por lluvias persistentes, que retrasan floraciones y reducen la productividad. Además, la apreciación del peso colombiano frente al dólar disminuye los ingresos reales para los productores locales. 

 


Y aquí hay que ser claros: en Colombia, el precio del café no lo fija la Federación Nacional de Cafeteros. Se construye a partir de variables externas: cotización internacional, tasa de cambio y prima por calidad. La Federación apenas publica un valor de referencia, reflejo inevitable de un mercado volátil que poco tiene en cuenta la realidad del productor colombiano. 

 


El Huila, como principal productor del país, ya empieza a sentir los efectos. Según el Servicio de Extensión de la FNC, hay cultivos afectados en más de 50 veredas de Acevedo y al menos 22 en Pitalito. También se reportan impactos en Suaza y otras zonas cafeteras. Las lluvias han desfasado los ciclos de floración, lo que se traduce en cosechas irregulares y menor rendimiento. Aunque el precio actual aún supera el costo de producción, la caída es evidente y ya genera incertidumbre en las fincas. 

 


Frente a este panorama, resulta urgente fortalecer estrategias que garanticen la sostenibilidad de la caficultura. Una de ellas es la renovación oportuna de cafetales con variedades resistentes a plagas y adaptadas al cambio climático, lo cual mejora la productividad y reduce los riesgos sanitarios. Además, el sector enfrenta crecientes dificultades para conseguir mano de obra en época de cosecha, especialmente en zonas donde la migración rural y el envejecimiento de la población han reducido la disponibilidad de recolectores. Por eso, Colombia debe empezar a considerar, sin temor, la viabilidad de mecanizar parcialmente la recolección, como ya ocurre en otros países productores, lo que permitiría reducir costos y hacer más eficiente el proceso. 

 


Finalmente, no podemos dejar de lado el potencial de los cafés varietales, aquellos que expresan perfiles únicos de sabor gracias a la genética de la planta, su adaptabilidad al terreno y las prácticas de poscosecha. El país tiene una enorme oportunidad en este campo, pero requiere investigación, formación técnica y canales comerciales especializados para posicionarlos en el mercado internacional. 

 


Paradójicamente, mientras los precios y la producción bajan, las exportaciones crecen. En el último año, las ventas externas de Café de Colombia aumentaron un 15%. El mundo sigue valorando nuestro grano, pero internamente no estamos sabiendo capitalizar ese reconocimiento. 


¿Dónde está el eslabón que se nos está rompiendo? 


La respuesta parece clara: el país necesita transitar, con decisión, hacia una caficultura de valor agregado. No podemos seguir apostando exclusivamente al volumen. Necesitamos diferenciar, especializar, contar historias. El café colombiano, y particularmente el del Huila, debe destacarse no solo por su sabor, sino por su origen, su sostenibilidad y su identidad. En este proceso, los jóvenes tienen un papel protagónico. Requerimos una nueva generación de caficultores con visión global: que dominen otros idiomas, que comprendan el funcionamiento de los mercados, que sepan negociar, que entiendan de catación, trazabilidad, comercio justo y certificaciones. El café ya no es solo una bebida: es un relato, una experiencia. Y para contarlo bien, necesitamos voces que inspiren y que sepan conectar con el mundo. 

 


Hoy, el precio del café es una señal de alerta, pero también una oportunidad. Si fortalecemos nuestros procesos, protegemos a los productores, apostamos por la calidad y empoderamos a nuestros jóvenes, podremos reescribir la historia. Una donde el café colombiano siga siendo protagonista, no por su cotización en bolsa, sino por su excelencia, su origen y su valor humano.

 

Como huilense, como colombiano y como servidor público, tengo claro que el café necesita más que discursos: necesita decisiones. Y en ese camino, seguiremos trabajando.