Por Julio Bahamón Vanegas
La distinguida periodista Juanita Vélez me envío un video tomado desde el aire, durante una travesía que realizo a la majestuosa reserva natural mas importante del país y del mundo y de verdad que quedé impactado por lo que vi.
Desde el aire, la selva, esa fortaleza y cambuche del Jaguar, especie animal en vía de extinción, aparece mordida, perforada y devorada por la desforestación, las inmensas plantaciones de coca y de otras ilegalidades que amenazan su existencia. Lo que hasta hace poco era un santuario impenetrable hoy muestra cicatrices que, en lugar de curarse, avanzan sin freno.
Nos habíamos acostumbrado a hablar de Chiribiquete como si fuera un símbolo intocable, orgullo de la Nación casi mítico, pero las imágenes que observe nos muestran otra realidad, por cuenta de manos criminales de quienes han convertido la selva en un gigantesco laboratorio de estupefacientes, y suyo. Y lo grave es que no hay una reacción oficial, y si la hay, esta llegando tarde como siempre, o simplemente no llega.
Durante décadas Colombia, después del gobierno del presidente Uribe, se ha enredado en discusiones bizantinas y emocionales llenas de prejuicios infundados para combatir y erradicar los cultivos de coca expandidos por inmensas áreas sembradas a los ojos del gobierno. Pero hay una realidad que no admite discusión, ni maquillajes: la única herramienta que ha demostrado eficacia rápida y contundente para frenar la expansión de los cultivos ilícitos es la aspersión aérea con equipos y naves adecuadas para fumigar la mata que mata. No es romántica, ni inocua, pero funciona, y mientras siga siendo la única con resultados verificables, no la podemos negar, y si lo negamos, simplemente estaremos cayendo en complicidad con la destrucción de Chiribiquete.
Los críticos de la aspersión insisten en que afecta el medio ambiente. ¿Y qué pasa entonces con el daño diario y acelerado que los cultivos de coca y la desforestación están causando dentro y alrededor de Chiribiquete? ¿Dónde están los escándalos de los pseudo ambientalistas cuando los criminales queman la selva para abrir espacio al cultivo de hoja de coca? ¿Dónde quedo la indignación por el uso de químicos, venenos y practicas depredadoras que destruyen fauna, suelos y ríos? Otros se rasgan sus vestiduras con el cuento de que la aspersión afecta la salud de los campesinos. La pregunta es: ¿a Cuáles campesinos? En esas zonas no existe la economía campesina tradicional. Allí no hay café, ni cacao, no hay agricultura legal: hay coca, coca y mas coca. Lo que llaman campesinos, es en la práctica un grupo social capturado por la ilegalidad, mafias, disidencias de los grupos ilegales y redes criminales que también deben ser fumigadas o bombardeadas. ¡Dejémonos de vainas! De esos cultivos sale el dinero rápido para la compra de armas de los grupos ilegales y el financiamiento de la violencia. El Estado cómplice en lugar de enfrentar esta realidad se oculta en estrategias simbólicas para no incomodar a esas “comunidades”. La destrucción de Chiribiquete no es un problema regional es una tragedia nacional, y si no actuamos ya, la selva perderá la batalla y nosotros también.