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Por Felipe Narváez
Docente Universidad Surcolombiana

En Montenegro, Quindío, existe una intersección urbana, en pleno Parque Central, donde la avanzada edad de sus habitantes converge con la cultura ancestral paisa. Aquí, el café no simplemente se sirve; se forja en monumentales cilindros de acero cromado —esas grecas clásicas que disparan agua hirviendo y silban vapor—, coronados siempre por la estatuilla de un águila imperial. Desde mi mesa, observo cómo los samanes centenarios no solo ofrecen sombra, sino que tejen la vida social de quienes los habitan. Aquí tratan a los árboles como a hermanos; una resistencia vital opuesta a la tala desalmada sufrida en los parques de Bruselas y La Valvanera, en Pitalito, donde el cemento vacío de un arquitecto desfragmentó el espíritu céntrico, dejándolo sin alma. Bebo una aromática y me dejo llevar por el ritmo del lugar.

De repente, mi soledad se ve interrumpida. Se unen a mi mesa esos personajes que la jerga local define acertadamente como "figuras": genuinos, oriundos, repletos de una risa fácil y una sabiduría que solo dan los años. Se llaman Chila, Abelardo, Mario, Omar.
—Tengo la vela lista para prendérsela —le suelta Mario a doña Chila, recordándole con picardía que los cincuenta años se avecinan.
—Somos reliquias —responde Chila, y la frase estalla en una carcajada colectiva que queda suspendida en el aire.

Son únicos. En un momento de orgullo burocrático, Mario extrae su carnet de Secretario de la Junta de Acción Comunal y lo exhibe como un salvoconducto de reconocimiento social. Lo tomo en mis manos y entro en el juego:
—Mario, este carnet tiene la validez de una Tarjeta de Crédito Oro; vaya al súper y haga mercado para la casa con él.

Los presentes sueltan una carcajada y, con ese gesto, me integran como uno más de ellos. Es un pueblo donde la privacidad es un mito y la armonía, una certeza. Hacia el final del mediodía, se acerca el vendedor de empanadas y se cierra el trato con monedas sueltas. A pesar de ser un extraño, sin conocerme, soy incorporado de inmediato a la gran comelona. Se enciende un cigarrillo Piel Roja sin pedir permiso, y el humo denso y sin filtro dibuja espirales en la conversación.

No hay celulares sobre la mesa. Solo el mío, invasivo, rompe la norma —estoy tomando notas—, pero aquí esos aparatos parecen artefactos inverosímiles y temporales. La alteridad se condensa puramente en la palabra hablada y el cruce de miradas. Al verlos, uno comprende que son los últimos homo sapiens que descienden directamente del fuego primigenio de la conversación y el gesto presencial. Practican el chisme como elemento de ficción colaborativa; una comunidad narrativa que se resiste a desaparecer. Si Han (2023) argumenta que la narración crea vínculos y aroma en el tiempo frente a la información digital que nos aísla —dejándonos sin colectivos que nos representen, limitados al consumo y a la etiqueta de marca, con un logo corporativo como referente de identidad y estatus social individual—, aquí extiendo la teoría hacia la espontaneidad y la chispa sostenida; ese storytelling de la frase corta con un elemento chistoso. Esta es mi tesis a modo de hipótesis: ese humor breve y la risa permean la cohesión social con una profundidad que ya intuía Freud (1905) en El chiste y su relación con el inconsciente, donde la economía del lenguaje y la complicidad con el oyente convierten al chiste en el acto social por excelencia. Estamos reunidos como la tribu del fuego, a través de una taza de café, para no volver jamás.

Referencias Bibliográficas
- Freud, S. (1905). El chiste y su relación con el inconsciente. Alianza Editorial.
- Han, B.-C. (2023). La crisis de la narración. Herder Editorial.