Escrito por Wilfred Trujillo Trujillo.
Diputado Asamblea del Huila
La conversación sobre el futuro del Huila suele centrarse en infraestructura, seguridad, inversión social y competitividad. Sin embargo, detrás de todos esos objetivos hay un elemento silencioso y determinante que no siempre ocupa el lugar que merece en la agenda pública. Me refiero a la educación técnica y tecnológica, una ruta formativa que puede convertirse en el motor más rápido y eficiente para cerrar brechas de talento, impulsar la productividad regional y conectar a nuestros jóvenes con oportunidades reales de empleo digno.
Cuando recorro los municipios, escucho la misma preocupación en voz de alcaldes, empresarios, docentes y familias. Muchos jóvenes quieren estudiar, pero no encuentran programas ajustados a las necesidades del territorio o no logran acceder a una oferta suficientemente cercana, flexible y pertinente. Al mismo tiempo, las empresas buscan personal capacitado y no siempre lo encuentran. Esa desconexión está costando competitividad, bienestar y posibilidades de desarrollo.
A nivel nacional, la fotografía del mercado laboral juvenil es elocuente. De acuerdo con el DANE, la tasa de desempleo de la población entre 15 y 28 años se ubicó en 17% en el primer trimestre de 2025, aun cuando muestra una reducción frente al año anterior. Además, al cierre de 2024 cerca de 2,5 millones de jóvenes en Colombia ni estudiaban ni trabajaban, lo que representa el 22% de la población joven. Detrás de esas cifras hay historias de proyectos de vida en pausa y de talento desaprovechado, especialmente en departamentos como el Huila, donde cada oportunidad cuenta.
Al mismo tiempo, el país viene haciendo un esfuerzo por ampliar la educación superior. Para 2023, la tasa de cobertura nacional en educación superior alcanzó el 55%, el valor más alto en la serie histórica reciente. Dentro de esa oferta, la matrícula en programas de educación técnica profesional creció 5%, al pasar de cerca de 90 mil a más de 95 mil estudiantes entre 2022 y 2023, y la educación tecnológica también registró aumento. Es decir, la formación técnica y tecnológica ya es una realidad creciente, pero aún insuficiente frente a la magnitud del reto.
En paralelo, persiste un problema que no podemos ignorar. Diversos análisis sobre el sistema de educación superior advierten que la deserción alcanza alrededor de 46% en programas universitarios y supera el 50% en carreras técnicas y tecnológicas. Un joven que abandona sus estudios no solo pierde tiempo y recursos. El departamento también pierde una posibilidad concreta de contar con mano de obra calificada para sectores que hoy reclaman personal con competencias específicas.
El Huila tiene un contexto particular. Nuestra población supera el 1,17 millón de habitantes y casi cuatro de cada diez personas viven en zona rural. Esto significa que las barreras de acceso a la educación superior no son solo económicas, también son geográficas. Hay jóvenes de zonas rurales que deben desplazarse largas distancias para estudiar o, simplemente, renunciar porque el costo de transporte y sostenimiento resulta impagable. Acercar programas técnicos y tecnológicos a los territorios rurales y a los municipios intermedios no es un lujo, es una necesidad urgente.
Cuando hablamos de brechas de talento, no nos referimos únicamente a títulos en papel. Hablamos de habilidades concretas. El propio Ministerio de Tecnologías de la Información ha señalado que la dimensión de habilidades digitales explica más de un tercio de la brecha digital en Colombia, con una participación de 35% en el índice nacional de brecha digital para 2023. Esto quiere decir que no basta con tener conexión a internet o equipos de cómputo. Necesitamos formar personas capaces de usar la tecnología de manera productiva y estratégica.
El Huila vive un momento clave para repensar su ecosistema educativo. La región está llamada a diversificar su economía, fortalecer la agroindustria, mejorar la productividad del campo, consolidar la transición energética, dinamizar el turismo cultural y arqueológico y apostar por industrias creativas que ya muestran un crecimiento sostenido. Para cada uno de esos sectores se requieren perfiles técnicos y tecnológicos actualizados, con habilidades blandas y digitales, con pensamiento crítico y capacidad para resolver problemas reales. Fortalecer esta formación no es una tarea secundaria. Es una decisión estratégica.
En ese sentido, el Plan de Desarrollo Departamental Por un Huila Grande incorpora la educación como herramienta de generación de oportunidades y plantea un plan de inversiones que supera los 5,2 billones de pesos para el periodo 2024 a 2027, con apuestas claras en desarrollo social y formación de talento. Allí se abren espacios para fortalecer los programas técnicos y tecnológicos, para trabajar de la mano con el SENA, las instituciones de educación superior y los centros de innovación, así como para consolidar nodos regionales que acerquen la oferta educativa a más municipios.
Sin embargo, esas metas no pueden quedarse en diagnósticos ni en documentos. Requieren voluntad política, articulación institucional y recursos sostenidos. En mi labor como diputado he insistido en que el desarrollo del departamento empieza por reconocer la realidad del talento local. Y si queremos un Huila competitivo, productivo y capaz de enfrentar los retos del siglo veintiuno, debemos priorizar la formación técnica y tecnológica con la misma fuerza con la que priorizamos la infraestructura o la inversión social.
Uno de los aspectos más urgentes tiene que ver con la actualización de contenidos y metodologías. Muchos programas todavía no dialogan con las necesidades actuales de la agroindustria, la logística, la energía, la tecnología o el turismo. Además, la formación técnica debe incorporar habilidades digitales básicas como manejo de software, análisis de datos, comercio electrónico, marketing digital y pensamiento computacional. De nada sirve formar técnicos en áreas estratégicas si al mismo tiempo no se fortalecen las competencias digitales que el mundo laboral exige.
La pertinencia laboral es una responsabilidad compartida. Las instituciones educativas deben escuchar más y mejor a las empresas. Las empresas deben abrir sus puertas para prácticas, semilleros y procesos de formación dual. El departamento debe liderar mesas de articulación permanentes que permitan identificar con claridad qué perfiles necesita cada sector y cómo puede responder la oferta educativa de manera oportuna. El reto no es solamente ampliar cupos, sino garantizar que esos cupos realmente conecten con empleos dignos y estables.
Otro punto clave es el fortalecimiento de la investigación aplicada y el desarrollo tecnológico orientado a resolver problemas concretos del territorio. Cuando un estudiante técnico o tecnológico trabaja sobre necesidades reales del campo, del turismo, de la industria o de los servicios, adquiere una mirada más amplia del potencial que tiene su propio departamento. En los últimos años hemos visto experiencias inspiradoras en agroinnovación, emprendimiento juvenil, procesos de producción limpia y tecnologías para el ahorro de agua. Todo eso demuestra que el talento huilense existe y que solo necesita impulso, acompañamiento y oportunidades.
La articulación con el sector productivo no debe verse únicamente como un mecanismo para facilitar el empleo. Es también una estrategia de desarrollo regional. Cuando una empresa encuentra técnicos capacitados, invierte más, crece más rápido y se vuelve más competitiva. Cuando un joven encuentra empleo formal en su área de estudio, mejora su calidad de vida, fortalece su proyecto de vida y aporta al desarrollo económico del departamento. Cuando una institución educativa se moderniza y adapta su oferta, contribuye a reducir la desigualdad y a cerrar brechas históricas entre el campo y la ciudad.
La educación técnica y tecnológica también tiene un impacto positivo en las familias. Muchos jóvenes que no pueden costear una carrera universitaria ven en estos programas una alternativa viable, corta y con salidas laborales inmediatas. Esto no significa renunciar a la educación profesional. Significa reconocer que existen múltiples rutas para lograr movilidad social, crecimiento económico y estabilidad. En países con altos índices de competitividad, la mayoría de la fuerza laboral se forma en programas técnicos y tecnológicos antes de continuar con estudios profesionales. Esa combinación genera trabajadores más preparados, adaptables y capaces de innovar.
El Huila necesita acelerar este proceso. Las metas del Plan de Desarrollo Departamental son un punto de partida. Ampliar convenios con el SENA, fortalecer la infraestructura educativa, llevar programas a zonas rurales, modernizar laboratorios, impulsar becas para jóvenes de bajos ingresos y garantizar acompañamiento académico son compromisos inaplazables. Sin embargo, el verdadero cambio ocurre cuando entendemos que la educación técnica y tecnológica no es un camino menor, sino una alternativa poderosa para transformar el tejido productivo.
Como diputado, seguiré insistiendo en una agenda que priorice la formación enfocada en el trabajo, la innovación y el emprendimiento. Creo firmemente que el Huila tiene el talento, la vocación y la capacidad para convertirse en un referente regional de educación aplicada al desarrollo. Pero para lograrlo necesitamos decisiones coherentes, inversión constante y una articulación real entre instituciones educativas, empresas y entidades del Estado.
El futuro del departamento depende de nuestra capacidad para formar jóvenes capaces de comprender los desafíos del siglo veintiuno y de liderar proyectos que impacten positivamente a sus comunidades. La educación técnica y tecnológica es una herramienta poderosa para cerrar brechas, generar empleo y construir un Huila más próspero, justo y competitivo.
Apostarle a esta formación es apostarle a nuestra gente y a un futuro donde el talento local no siga siendo una promesa, sino una realidad que transforme la vida de miles de familias.