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Por Julio Bahamón Vanegas

 

Comparto la misma opinión del Dr Felipe Zuleta, y les voy a contar, porque no me siento representado por ese sujeto:

 

Además, estoy convencido que tampoco representa a millones de colombianos que valoramos la dignidad, la institucionalidad y el respeto por los deberes ciudadanos. Mucho menos representa a Colombia ante el mundo, donde varias veces ha dejado plantados a mandatarios, diplomáticos y ciudadanos que esperaban de Colombia un liderazgo, presencia y coherencia.

 

A Gustavo Petro le importa un bledo el tema de la disciplina, el decoro y el cumplimiento de funciones esenciales. Benedetti logro envenenarlo con la adicción a alucinógenos, y manejarlo a voluntad.  El presidente Petro ha convertido su obligación de representar al Estado colombiano en la escena internacional en un juego de ausencias, llegadas tardías, discursos improvisados, y desplantes diplomáticos que avergüenzan a la nación.

 

A Petro podríamos calificarlo, ¡como algunas familias califican sus hijos “calaveras” como cafre!, otras le dirían que es una “caspa. A Gustavo Petro, señores del Pacto Histórico, Armando Benedetti” lo mantiene secuestrado y será Benedetti quien señalara al candidato de esa coalición a la presidencia, e “in pectore” (designado o elegido) tiene a Roy Leonardo Barreras, su carnal y compinche amigo.

 

A lo anterior se suma un cumulo de rumores insistentes sobre su presunto abuso de sustancias alcohólicas y alucinógenas, que algunos atribuyen como una explicación a sus frecuentes ausencias, desconexiones públicas, y comportamientos erráticos. Esos rumores deben ser aclarados por el mismo presidente Petro, ya que su salud física y mental es asunto de interés nacional. No sabemos por qué tanto la Procuraduría, como el Congreso y la Corte Constitucional no han actuado como es su deber.

 

El problema no es de poca monta, el deterioro del primer mandatario no solo es físico o diplomático: es moral. El país en manos de ese inútil sufre una creciente crisis de seguridad, el campo retrocede, las instituciones pierden autoridad y los avivatos se aprovechan en las gobernaciones y alcaldías para continuar saqueando los dineros públicos.

 

Colombia no merece esa deriva. No podemos normalizar la ausencia de autoridad, ni justificarla por ideologías. Por eso, como ciudadano, como demócrata preocupado por la decencia de mi pais, digo sin ambages; Gustavo Petro no me representa.

 

El país necesita retomar el rumbo. Necesita lideres comprometidos con la verdad, con el deber, que vigile, critique y diga oportunamente ¡basta! Cuando la dignidad institucional este siendo arrastrada por la inmoralidad del primer mandatario. El silencio, seria complicidad.