Por Gabriel Calderón Molina
Todas las regiones, unas más que otras, han venido siendo afectadas por las lluvias que azotan al país con consecuencias desastrosas para viviendas, cultivos, por derrumbes y daños en la infraestructura vial, dejando miles de víctimas sobre todo en el Chocó, Putumayo, Antioquia, Boyacá, Meta, Arauca y Cundinamarca, entre otros. Así, o peor que en Colombia, las lluvias vienen haciendo estragos en EE.UU., particularmente en Texas y New York, con cerca de 200 víctimas. Todas estas desgracias que la naturaleza está trayendo en estos tiempos son consecuencias del cambio climático ocasionado por el aumento de las emisiones de C02, o sea por la contaminación del aire, principalmente por las actividades industriales y la explotación minera y petrolera.
Cuando los medios de comunicación televisivos muestran las inundaciones en los centros poblados por la creciente de los ríos y quebradas, me viene a la memoria lo dicho por el Dr. Guillermo Plazas Alcid cuando, siendo Alcalde de Neiva, una creciente del río Las Ceibas inundó numerosas viviendas urbanas, dijo “que no era el río que se metía a las casas, sino la gente que se le metía al río”, queriendo decir con esto que muchos de los afectados habían construido sus casas sin respetar los espacios que pertenecían a dicha fuente que baña la ciudad. O sea que, en muchos casos, los daños ocasionados por las fuentes hídricas como resultado de las lluvias, es porque sus riberas han sido invadidas por la gente. Así parece que ocurre en muchas partes del país.
También viene a mi memoria lo que contaba uno de mis profesores universitarios en Bogotá que se llamaba Ernesto Gulh, economista, quien era un judío alemán que había llegado a Colombia en 1933 huyendo de la persecución de los nazis. Este inmigrante para poder llegar a Bogotá desde Barranquilla, tuvo que hacerlo en barco durante un recorrido de doce días por el río Magdalena hasta el puerto de Honda. Contaba asombrado a los alumnos que el barco cada dos días se tenía que detener para abastecerse de leña para mover el motor que movía las hélices para avanzar en el agua. Los habitantes de los sitios en donde se detenía acudían a vender la leña obtenida destruyendo los bosques de las riberas del río, sin tener en cuenta que en el futuro generarían la erosión de los suelos conduciendo a que en muchas partes su cauce se ampliara y se modificara afectando la posibilidad de ser cursado por embarcaciones de gran tamaño. Esta afectación de la naturaleza ahora la está pagando el país con las anegaciones casi sin límite en La Mojana, en el bajo Magdalena.
Las desgracias de la naturaleza originadas por los humanos, que el país las está padeciendo, no sólo son consecuencia del cambio climático, sino también por la falta de conciencia de la gente y de los gobiernos. Los Mayas dijeron: “Dios perdona, el ser humano a veces perdona, pero la naturaleza no perdona” ni en México, ni en Colombia, ni en el mundo.