Por Luis Felipe Narváez
Este país, desde que tengo memoria, ha sido un escenario trágico, edificado sobre la necropolítica (administrar la muerte y destruir hábitats y pueblos), concepto desarrollado por Achille Mbembe, que se refiere al poder del Estado o de actores armados para decidir quién vive y quién muere, una facultad empleada como herramienta de control social y político. Con todo respeto, jamás salimos de los ochenta; no regresamos a ellos, simplemente nunca nos fuimos. No solo las muertes de candidatos presidenciales y líderes políticos como Luis Carlos Galán Sarmiento, Jaime Pardo Leal o Bernardo Jaramillo Ossa; sino que siempre nos hemos aniquilado sistemáticamente los unos a los otros, en una pugna incansable por el poder, el territorio y las riquezas. Y el uso diferencial e ideológico del qué hacer con estos tres factores. Vivimos una crisis permanente de desacuerdos civilizatorios que se resuelven con la muerte.
El atentado a Miguel Uribe es, sin duda, triste y vergonzante en pleno siglo XXI, máxime al tratarse de un líder del poder hegemónico. Sin embargo, a diferencia de los atentados y las muertes de decenas de líderes sociales —al menos 71 en lo que va de 2025—, quienes también son políticos, aunque con un rol distinto, estos últimos pasan desapercibidos, reducidos a una mera cifra estadística, un factor más de violación de los "derechos humanos"(en minúsculas) que, al día siguiente, cae automáticamente en el olvido.
En los últimos ochenta años, desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, hemos perdido la vigencia de todo un sector de pensamientos que divergen y que plantean formas diversas de construir la sociedad de modo alternativo. Esta es una hegemonía violenta que se acentúa desde los 80, con la llegada del modelo neoliberal impulsado por el gobierno de César Gaviria, y se naturaliza como inevitable. Al final, la diferencia entre el atentado al candidato de la esfera tradicional y los otros que son atentados a comunitarios, es que son de base, tan humanos como Miguel, pero carecen del eco del poder mediático.