Por Eduardo Gutiérrez Arias
Mientras el departamento del Cauca sufre los efectos de una terrible violencia con 14 masacres que dejan 44 víctimas fatales en estos tres primeros meses del año, sus vecinos de Nariño han dado un ejemplo de madurez política, al firmarse el pasado sábado 05 de abril en Pasto, el acuerdo de paz entre la tendencia Comuneros del Sur del ELN y el gobierno nacional presidido por Gustavo Petro.
Comuneros del Sur entendió que no podía convertirse en el aparato armado de las mafias del narcotráfico, que la llegada a la presidencia de Colombia de un gobierno progresista de izquierda, era la oportunidad para saltar de una guerra que no se pudo ganar, a una paz que permite construir una democracia cada vez más sólida y un progresivo bienestar para el pueblo trabajador, utilizando las luchas políticas y sociales.
En Nariño fue posible este acuerdo porque las tendencias revolucionarias como Inconformes y otros movimientos, se han unido para construir gobiernos de cambio, progreso y democracia, tanto departamentales como municipales. Así se comenzó a tejer este difícil proceso de paz. Es bueno recordar que en Nariño se han dado gobernaciones de nuevo tipo como las de Antonio Navarro, Parmenio Cuellar, Raúl Delgado, Camilo Romero y la actual de Luis Alfonso Escobar quien, junto al alcalde de Pasto Nicolás Toro, fueron figuras claves en estas exitosas negociaciones de paz.
Difícilmente este exitoso proceso podría darse en el Cauca donde una élite de terratenientes enfeudados aún conserva importantes espacios de poder. Para ellos la violencia siempre ha sido un instrumento de defensa de sus privilegios. No gratuitamente comienzan a lanzarse piropos de apoyo y reconocimiento entre Álvaro Uribe y la Comandancia del ELN del Catatumbo. Definitivamente tanto en la geometría como en la política, los extremos se unen.
Los huilenses, quienes al igual que caucanos y nariñenses, como pertenecientes a este Surcolombiano, debemos estar atentos a aprender las lecciones que dejan estas experiencias políticas tan influyentes en nuestro departamento por la cercanía tanto geográfica como cultural. Aquí, al igual que en el Cauca, hay un sector que rechaza radicalmente cualquier negociación con grupos armados ilegales. Es verdad que estos agrupamientos cada vez pierden más sus orígenes revolucionarios y se mesclan con la delincuencia común, especialmente por la penetración de la mafia internacional del narcotráfico en sus estructuras. Pero la experiencia nariñense nos muestra que el humanismo de los revolucionarios aún permanece en una parte de sus cuadros dirigentes y que eso nos da la posibilidad de salidas negociadas a nuestro conflicto armado, así esas posibilidades sean cada vez mas pequeñas.