Por Mario Alberto Valderrama Yagué
En política fui seguidor de don Héctor Polanía desde joven. No pertenecí a su primera línea, ni siquiera a la tercera. Sin embargo, admiré su gestión como administrador —gobernador y alcalde— y su talante conservador. En los últimos años de su vida compartí reuniones con él y con amigos, en las que hablábamos de todo. El almacén de telas de Rigoberto Torres, “Pajarilla”, era el lugar que frecuentaba en las tardes, cuando regresaba de su finca.
Fui su defensor en un proceso por una querella penal presentada por un exalcalde molesto con sus críticas. También me respaldó en mi aspiración de llegar a la alcaldía de mi pueblo y en la difusión de El Laboyano, que dirigía junto a Giovanni Rojas. Don Héctor fue un conservador que priorizaba la autoridad, el orden y la moral pública. En Pitalito se le tildaba de sectario e intolerante, fama que sus contradictores políticos aprovechaban en época electoral.
Recuerdo con jocosidad mi primer encuentro personal con él. Estudiaba en Bogotá y, junto a Taylor Bolaños, nos presentamos en su oficina —era Senador de la República— para pedirle un auxilio estudiantil. Taylor y yo nos identificamos como aguerridos conservadores. Don Héctor me preguntó dónde estudiaba y, al responderle que en la Universidad Nacional, replicó: “Godo de la Nacional no es godo”. No estaba tan equivocado: él también había estudiado allí. No hubo ayuda, pues el auxilio no se otorgaba a estudiantes de universidades públicas.
Tras su retiro del Senado permanecía más tiempo en Pitalito y ejercía una estricta vigilancia sobre la gestión municipal. Hacía recomendaciones y era duro en la crítica. El alcalde Pedro Martín lo consultaba con frecuencia. Su trágica muerte dejó un gran vacío en la política local y nacional, un vacío que aún no se ha podido llenar. También en el control de la administración laboyana. Luis Gerardo Ocho intentó continuar con esa labor de vigilancia y fue asesinado. Ambos crímenes permanecen en la impunidad.