Por Miguel Antonio Parra
"Alguien dijo alguna vez que el periodismo había perdido la voz. No porque se hubiera quedado sin palabras, sino porque ya no sonaba como la gente."
Durante años, el periodismo tradicional caminó por salones amplios, con micrófonos bien colocados y preguntas medidas. Hablaba desde arriba, como si la verdad necesitara corbata. Pero afuera, en las calles, en los buses llenos, en los mercados y en las casas con paredes delgadas, la realidad era otra: más cruda, más desordenada, más humana. Entonces llegaron las redes.
No llegaron con permiso ni protocolo. Llegaron con teléfonos temblorosos, transmisiones en vivo sin editar, opiniones sin filtro. Llegaron los influencers, los ciudadanos con voz propia, los que no pedían turno para hablar. Y en ese ruido que muchos despreciaron al principio, empezó a colarse algo incómodo: una verdad que no estaba maquillada.
El presidente, que durante tanto tiempo fue figura lejana, comenzó a bajar. No por estrategia, sino porque el escenario había cambiado. Ya no bastaba con el discurso preparado; ahora tenía que responder a la mirada directa, a la crítica inmediata, a la gente que no le debía nada. Se volvió más cercano, más expuesto… más humano.
Y eso, aunque imperfecto, conectó. El periodismo tradicional miraba desde la trastienda, sorprendido. No entendía cómo había perdido el centro del escenario. Pero la respuesta no estaba en las redes, ni en los influencers, ni siquiera en el presidente. Estaba en el desfase. En haberse quedado hablando un idioma que ya no emocionaba, en haber protegido formas mientras el fondo cambiaba.
La vieja guardia, aferrada a sus certezas, no vio que la gente ya no quería intermediarios perfectos, sino relatos honestos, incluso si eran torpes, incluso si estaban llenos de errores.
Porque al final, lo que ocurrió no fue una revolución tecnológica. Fue algo más simple y más profundo: la gente quiso verse reflejada. Y eligió a quien, con aciertos y fallas, se parecía más a ellos.
El resto… se quedó esperando su turno en un escenario que ya no era el mismo.