Por Eduardo Gutiérrez Arias
Europa fue la cuna del movimiento revolucionario en el siglo XIX con el liderazgo de Carlos Marx y Federico Engels. Comenzando el siglo XX, Vladimir I. Lenin lideró la primera revolución socialista en la Europa Oriental y parte de Asia, donde los zares habían establecido su gran poder imperial.
Con la llegada del Nazismo a Alemania y su afán expansionista en Europa, fue la Rusia soviética el principal bastión en defensa de la democracia y los progresos civilizatorios de este continente. De hecho, la derrota del nazi/fascismo representó un avance significativo del socialismo en la región.
En la segunda mitad del siglo XX la fuerza del movimiento revolucionario se desplazó al Asia (China, Vietnam, Corea, Camboya, Laos). También se dio una gran derrota al mundo colonial. Los errores cometidos en la construcción del socialismo europeo y especialmente el afán por acabar mediante decreto la economía de mercado e imponer un sistema de planificación centralizado, afectó profundamente el desarrollo de las fuerzas productivas y llevó a la caída de los regímenes socialistas de Europa en los finales del siglo XX. En los comienzos del siglo XXI la fuerza revolucionaria se ha dispersado más en todos los continentes: Asia, África, América Latina, Europa y América del Norte. No hay que olvidar que en E.U. y Canadá hay fuerzas revolucionarias en latencia, que en cualquier momento pueden crecer y hacer explosión. Pero un triunfo de estas fuerzas necesita de una organización mundial, como lo pensaron todos los verdaderos revolucionarios de los siglos XIX y XX.
Los cambios económicos, políticos, sociales y culturales en la historia han sido fruto de poderosos sistemas organizacionales capaces de mover las fuerzas productivas, las formas de poder y dominio, las estructuras de clase y apropiación de las riquezas en la sociedad, así como las formas de pensar y crear cohesión ideológica.
La ciencia, que en sus comienzos fue fruto de procesos de experimentación, análisis y transformación de la realidad por mentes esclarecidas y personalidades destacadas en sociedades que lograron tomar la delantera en el desarrollo económico y social, hoy son fruto de grandes equipos humanos encargados de sondear, experimentar y poner a prueba hipótesis en materia de la ciencia y las nuevas tecnologías. Esos equipos requieren de la colaboración no sólo de los mejores cerebros en áreas específicas del conocimiento humano, sino también de inmensos recursos económicos y tecnológicos, para todos sus procesos experimentales.
Si esos recursos siguen controlados por el gran capital, su afán de lucro y dominio implicará inmensos riesgos y amenazas para la humanidad. Pero si quedan en manos de estructuras cada vez más cooperativas, democráticas y solidarias, significarán una gran esperanza para el futuro del planeta.